História de Vida: Duámaco Escribano

 

Duámaco Escribano no sabe cuántos años tiene. Su documento de identidad dice que tiene 29 años, pero quienes lo conocen dicen que debe tener 25 o 26. En la comunidad indígena a la que pertenece, los Koguis – una de las cuatro etnias que viven en la Sierra Nevada, en la costa norte de Colombia-, la vida no se mide en años: empieza con el nacimiento y termina con la muerte, dure lo que dure.

Duámaco vive en Palomino, una pequeña localidad del departamento de la Guajira, el extremo norte de Colombia, en un sitio remoto donde se asienta su comunidad desde hace cientos, miles de años. Él mismo dice que acceder a la zona es difícil por vía vehicular, así que todos los trayectos se recorren a pie. Desde el paraje en el que vive hasta el casco urbano del municipio puede haber dos horas de trayecto. Es una zona aislada de lo que él llama “el sistema occidental”, lo que los blancos llaman “civilización”.

Él dice que es difícil encontrar un hospital o una escuela tal y como los occidentales los conocen y, de todas maneras, allí prevalece la medicina tradicional: es el Mamo, la máxima autoridad, quien cura o autoriza a un enfermo a ir a un hospital de blancos, si ve que la dolencia de quien lo consulta escapa a su capacidad de ofrecerle solución.

La zona donde Duámaco vive está llena de “pitos”, insectos que transmiten la Enfermedad de Chagas. Hay muchos infectados entre la población indígena. Él lo sabe porque desde 2003 trabaja como líder de salud en su comunidad. Estudiaba medicina en la Universidad del Magdalena, pero se cambió a la carrera de Ciencias Ambientales. Ahora educa a los niños de su comunidad para que conozcan sobre la Enfermedad de Chagas y eviten ser picados por el pito.

Pese a la gran cantidad de casos de Chagas, que han sorprendido a los investigadores que han visitado la zona, desde el punto de vista de la cosmovisión Kogui no hay motivo para la alarma: “Las enfermedades son parte de la existencia, nacieron con nosotros porque son una forma de control natural”, dice Duámaco. “Lo que pasa es que los seres humanos quieren alterar el ciclo normal de la vida y por eso se empeñan en curar las enfermedades”, dice.

Según las creencias de su comunidad, el insecto transmisor de la enfermedad no es malo, simplemente se ha visto obligado a vivir entre las personas y  a beber su sangre porque los seres humanos han invadido su territorio, dejándole sin opciones para vivir. “El pito es un guardián de la madre tierra y, al transmitirnos el Chagas, nos está cobrando todo lo malo que le estamos haciendo al medio ambiente. Está cobrando una deuda espiritual”, afirma.

Paradójicamente, Duámaco fue diagnosticado con la enfermedad entre 2008 y 2009, él no lo recuerda con exactitud. Según dice, es asintomático, pero no pudo acceder a tratamiento porque le dijeron que solo los menores de 18 años pueden recibirlo. “Son los protocolos”, le dijeron en la entidad prestadora de servicios de salud indígena de su localidad.

Yo me dedico a informar a mi comunidad sobre el Chagas, especialmente a los niños y a los jóvenes. Pero ¿para qué voy a decirles algo a los adultos sobre el tratamiento, si no podrán recibirlo?”, dice con algo de indignación. “Las EPS dicen no conocer el Chagas porque no quieren asumir el costo del tratamiento”. Es consciente de que en su comunidad hay muchas personas con cardiopatías que, muy seguramente, tienen origen en la enfermedad; pero eso es difícil de establecer, pues quienes mueren en la Sierra Nevada no reciben autopsia y la noticia de esas muertes no llega a los centros urbanos cercanos.

Duámaco no sabe qué hizo mal o qué le está cobrando el Chagas, pero vive con dignidad, serenidad y resignación su enfermedad. Y no lo dice, pero, en el fondo, parece que su empeño de guiar a su comunidad en los temas de salud es una manera de sacarla del olvido. De ese olvido hondo, oscuro y profundo en el que están sumidas muchas personas como él, de las que no se sabe, ni siquiera, cuándo y de qué mueren, allá, en la profundidad de la Sierra Nevada.